Es bueno recordar que para un cristiano la vida tiene una dimensión que escapa a la unidad de medida humana.
La hondura del amor nos lleva a disfrutar cada instante con valor de eternidad.
Cada día viene cargado de sorpresas, de frescura, de alegría.
Cada momento es para ser vivido y tomar conciencia de lo afortunados que somos.
Como católica que soy, hago siempre incapie en la alegría que nace en el corazón del creyente; lejos quedan aquellos conceptos tristones y oscurantistas que se achacaban a los seguidores de Cristo.
Nada hay más hermoso en esta vida que saberse querido por Dios, nada produce más alegría, ni mayor paz.
Sólo hay que experimentarlo para entenderlo.
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